domingo, 10 de agosto de 2014

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Oliveira cebó otro mate. Había que cuidar la yerba, en París costaba quinientos francos el kilo en las farmacias y era un yerba perfectamente asquerosa que la droguería de la estación Saint-Lazare vendía con la vistosa calificación de <maté sauvage, cuelli par les indiens>, diurética, antibiótica y emoliente. Por suerte el abogado rosarino le había fletado cinco cinco kilos de Cruz de Malta, pero ya iba quedando poca.<Si se me acaba la yerba estoy frito>, pensó Oliveira.<Mi único diálogo verdadero es con este jarrito verde.> Estudiaba el comportamiento extraordinario del mate, la respiración de la yerba fragantemente levantada por el agua y que con la succión baja hasta posarse sobre sí misma, perdido todo brillo y todo perfume a menos que un chorrito de agua estimule de nuevo, pulmón argentino de repuesto para solitarios y tristes. Hacía rato que a Oliveira le importaban las cosas sin importancia, y la ventaja de meditar con la atención fina en el jarrito verde estaba en que a su pérdida pérfida inteligencia no se le ocurriría nunca adosarle al jarrito verde nociones tales como las que nefariamente provocan las montañas, la luna, el horizonte, una chica púber, un pájaro o un caballo. <También este matecito podría indicarme un centro>, pensaba Oliveira(...). <Y ese centro que no sé lo que es, ¿no vale como expresión topográfica de una unidad? Ando por una enorme pieza con piso de baldosas y una de esas baldosas es el punto exacto en que debería pararme para que todo se ordenara en su justa perspectiva>. El punto exacto.
Rayuela